
Cada mañana me despierto fragmentada; los esquemas hechos trizas y los restos de mi vida navegando a la deriva en un océano de sábanas, pongo los pies en el suelo y me encamino hacia el baño. Frente a un espejo empañado por el vaho del estupor, en lugar del rostro, me lavo la extrañeza y me arranco el desconsuelo hecho legañas. Luego, bajo el chorro de la ducha, me escaldo la existencia en agua hirviendo y exfolio mi presente de experiencias muertas.
Después de secarme a conciencia, entro a la cocina en albornoz y me preparo un aromático café: En vez de maquillarme el muñón de la entereza, me disfrazo de mujer de aplomo y salgo a la calle dispuesta a sortear contrariedades.
Conforme va pasando el día, me empleo en desatar los mismos pañuelos de angustia que poco antes me entretuve en anudar con lazos de ilusiones. A la caída de una noche más, me vuelvo a hacer mil añicos al abrigo de una cama laberíntica, luchando contra el insomnio y tanta perra incertidumbre.
Me rompo y me recompongo.
Mientras eso siga sucediendo, en la muralla de mi piel no debería haber resquicios para el desasosiego.
Ya falta menos para el fin de semana... Besuchos*
